Un francoespañol millonario que
hizo buenas obras para los mexicanos: Don José de la Borda
La iglesia churrigueresca más
hermosa de México, la de Santa Prisca, mandada construir por don José de la
Borda, en Taxco.
Joseph de Laborde nació en
1778 en el Bearne, Francia. Muy pequeño
fue llevado a España, donde cambió su nombre por José de la Borda. A los 16
años, siendo un joven rubio y delgado, llegó a la Nueva España para reunirse con
su hermano mayor dedicado a la minería. José pronto encontró una veta de plata
en Taxco y se hizo rico, empezando a donar grande parte de su dinero para los
pobres y la Iglesia. Cuando le decían que se
iba a quedar sin nada, él contestaba: “Dios da a Borda y Borda da a
Dios”.

A los 22 años se casó con
Teresa Verdugo, a la que amó mucho. Ella le dio dos hijas y un hijo. Siete años
después, Teresa falleció y De la Borda ya no volvió a casarse. Don José hizo
innumerables beneficios a la comunidad: 5 mil varas de cañería para llevar agua
de manantiales a Taxco, un camino de herradura para unir los pueblos de
Acuixtla y Acamixtla, un puente para Malinaltenango, cuatro retablos, sillas,
rejas, copas de oro y plata para la Iglesia de Tehuiltepec y fundó colegios
para niños desamparados. Si una viuda quedaba sin sostén para sus hijos, le
decían: “Id con Don José”. Si algún enfermo no tenia para medicamentos y
curaciones, le decían: “Id con Don José” y éste, siempre los socorría.
Iglesia fabulosa
Su mayor obra fue la
maravillosa iglesia de Santa Prisca, en Taxco. Le costó un millón de pesos. En
ella, su hijo, después de ordenarse sacerdote, dijo su primera misa. El nuevo
padre relató: ”Cuando el César ordenó a la pequeña Prisca que llevara ofrendas
al Dios Apolo, ella se negó. Era cristiana, no adoraba a falsos ídolos. El
gobernador, enfurecido, ordenó que azotaran inmisericordemente a Prisca.
Chorreando sangre, fue echada a las fieras salvajes del circo romano, para que
la devorasen. ¡Ocurrió un milagro! Las bestias, en lugar de excitarse con el
olor de la sangre, lamieron las heridas de la moribunda…”
Una joya auténtica
De la Borda donó para la
iglesia de Santa Prisca, la custodia más rica de América. Toda de oro, medía
vara y media de alto (un metro treinta). El disco solar, de un metro, de oro,
estaba recamado por ¡4,587 diamantes, 2,794 esmeraldas y 532 rubíes! Tenia 65
ráfagas de oro guarnecidas por 1,822 diamantes, en las grecas y flores había
926 diamantes. Además, en el respaldo tenía ¡6 mil diamantes, esmeraldas,
zafiros, amatistas y jacintos! Cuando la intervención francesa, los
soldados franceses robaron la mayoría de
las joyas y aún así, la señora Cándida Añorga de Barrón, compró en 80 mil pesos
oro lo que quedaba y lo donó a la catedral de Notre Dame, en París.
Los puso en paz
Cuando una de las hijas de
Don José se casó, el rico minero hizo que empedraran la calle desde su casa
hasta Santa Prisca, con barras de plata. Terminada la boda, las barras se
vendieron y con su producto hizo numerosas caridades. Una noche, al ir a su casa, se topó con dos
hombres que reñían con sus espadas por el amor de una coqueta. Don José se
interpuso diciendo: “¡Poneos en paz, caballeros! ¡Dios no nos dio la vida para
quitársela a un semejante!” Como era muy respetado, los rijosos hicieron las
paces. A uno de ellos, que lo acompañó hasta su casa, le dijo: “Caballero, os
impongo como penitencia que donéis una arroba de carne entre los menesterosos.
Por mi parte, partiré a tierras frías a comprar maíz y de regreso lo repartiré
entre los pobres que tienen hambre”.
Quedó pobre al envejecer
A los 70 años, Don José vio
con tristeza que sus minas se habían agotado y sus arcas estaban vacías por
haber repartido toda su fortuna. Rechazó la ayuda de aquellos que antes había
socorrido, diciendo: “¡Cuando se hace caridad, no debe recibirse recompensa!” calladamente
fue a Cuernavaca, donde afuera de la catedral pidió limosna para poder
subsistir.
Un día, el arzobispo, al
reconocerlo, exclamó: “¡Don José, vos, el hombre más rico de la Nueva España,
pidiendo limosna!”. El anciano minero contesto: “¡Lo he perdido todo, su
ilustrísima! ¡Estoy más pobre que un rata!” “¡Eso no puede ser! ¡Veré que se os
pague algo de lo mucho que disteis a la Iglesia!”.
A Zacatecas
Así fue, el virrey Don
Antonio María Bucareli le pagó 100 mil pesos a cambio de la magnífica custodia.
Con esa suma, Don José fue a Zacatecas, encontrando una veta de oro ¡que lo
hizo riquísimo otra vez! ¡Tal parecía que era cierto lo que decían que tenía
pacto con el diablo!
Cuando tenia 79 años, regresó
a Cuernavaca, con los suyos. Después de que su hijo, el sacerdote, le dio los
últimos auxilios, falleció. Fui incinerado y sus cenizas colocadas en la
catedral de Cuernavaca. Legó 400 mil
libras tornesas para escuelas de niños pobres, una cantidad para el convento
donde estaba su hija Ana María, otra cantidad para su hijo y otra parte a su
otra hija, que había enviudado y tenía pocos recursos.
El espectro se apareció
Pero un notario bandido falsificó firmas,
fingió pagos de deudas inexistentes y sólo entregó una cantidad mínima a la
hija. Una noche, cuando el bandido ya se había instalado en la casa de Borda,
en Cuernavaca, se le apareció el espectro de Borda, que lo miraba con sus ojos
grises, llenos de ira. El rufián, aterrorizado, gritó: “¡Perdón, Don José! ¡Os
juro que devolveré todo a vuestra hija!”, y luego azotó, desmayado. Al día
siguiente, el notario devolvió todo a la hija y luego confesó públicamente sus sinvergüenzadas.
Manuel, el sacerdote, con el legado, construyó en la casa de Borda, el jardín
que hoy conocemos, en memoria de su padre. Este jardín, después tuvo varios
dueños, hasta que el gobierno lo adquirió para que disfrutaran de él todos los
mexicanos.
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