lunes, 16 de octubre de 2017


Un francoespañol millonario que hizo buenas obras para los mexicanos: 
Don José de la Borda


La iglesia churrigueresca más hermosa de México, la de Santa Prisca, mandada construir por don José de la Borda, en Taxco.

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Joseph de Laborde nació en 1778  en el Bearne, Francia. Muy pequeño fue llevado a España, donde cambió su nombre por José de la Borda. A los 16 años, siendo un joven rubio y delgado, llegó a la Nueva España para reunirse con su hermano mayor dedicado a la minería. José pronto encontró una veta de plata en Taxco  y se hizo rico, empezando a donar grande parte de su dinero para los pobres y la Iglesia. Cuando le decían que se  iba a quedar sin nada, él contestaba: “Dios da a Borda y Borda da a Dios”.
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A los 22 años se casó con Teresa Verdugo, a la que amó mucho. Ella le dio dos hijas y un hijo. Siete años después, Teresa falleció y De la Borda ya no volvió a casarse. Don José hizo innumerables beneficios a la comunidad: 5 mil varas de cañería para llevar agua de manantiales a Taxco, un camino de herradura para unir los pueblos de Acuixtla y Acamixtla, un puente para Malinaltenango, cuatro retablos, sillas, rejas, copas de oro y plata para la Iglesia de Tehuiltepec y fundó colegios para niños desamparados. Si una viuda quedaba sin sostén para sus hijos, le decían: “Id con Don José”. Si algún enfermo no tenia para medicamentos y curaciones, le decían: “Id con Don José” y éste, siempre los socorría.

Iglesia fabulosa
Su mayor obra fue la maravillosa iglesia de Santa Prisca, en Taxco. Le costó un millón de pesos. En ella, su hijo, después de ordenarse sacerdote, dijo su primera misa. El nuevo padre relató: ”Cuando el César ordenó a la pequeña Prisca que llevara ofrendas al Dios Apolo, ella se negó. Era cristiana, no adoraba a falsos ídolos. El gobernador, enfurecido, ordenó que azotaran inmisericordemente a Prisca. Chorreando sangre, fue echada a las fieras salvajes del circo romano, para que la devorasen. ¡Ocurrió un milagro! Las bestias, en lugar de excitarse con el olor de la sangre, lamieron las heridas de la moribunda…”

Una joya auténtica
De la Borda donó para la iglesia de Santa Prisca, la custodia más rica de América. Toda de oro, medía vara y media de alto (un metro treinta). El disco solar, de un metro, de oro, estaba recamado por ¡4,587 diamantes, 2,794 esmeraldas y 532 rubíes! Tenia 65 ráfagas de oro guarnecidas por 1,822 diamantes, en las grecas y flores había 926 diamantes. Además, en el respaldo tenía ¡6 mil diamantes, esmeraldas, zafiros, amatistas y jacintos! Cuando la intervención francesa, los soldados  franceses robaron la mayoría de las joyas y aún así, la señora Cándida Añorga de Barrón, compró en 80 mil pesos oro lo que quedaba y lo donó a la catedral de Notre Dame, en París.

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Los puso en paz
Cuando una de las hijas de Don José se casó, el rico minero hizo que empedraran la calle desde su casa hasta Santa Prisca, con barras de plata. Terminada la boda, las barras se vendieron y con su producto hizo numerosas caridades.  Una noche, al ir a su casa, se topó con dos hombres que reñían con sus espadas por el amor de una coqueta. Don José se interpuso diciendo: “¡Poneos en paz, caballeros! ¡Dios no nos dio la vida para quitársela a un semejante!” Como era muy respetado, los rijosos hicieron las paces. A uno de ellos, que lo acompañó hasta su casa, le dijo: “Caballero, os impongo como penitencia que donéis una arroba de carne entre los menesterosos. Por mi parte, partiré a tierras frías a comprar maíz y de regreso lo repartiré entre los pobres que tienen hambre”.

Quedó pobre al envejecer
A los 70 años, Don José vio con tristeza que sus minas se habían agotado y sus arcas estaban vacías por haber repartido toda su fortuna. Rechazó la ayuda de aquellos que antes había socorrido, diciendo: “¡Cuando se hace caridad, no debe recibirse recompensa!” calladamente fue a Cuernavaca, donde afuera de la catedral pidió limosna para poder subsistir.

Un día, el arzobispo, al reconocerlo, exclamó: “¡Don José, vos, el hombre más rico de la Nueva España, pidiendo limosna!”. El anciano minero contesto: “¡Lo he perdido todo, su ilustrísima! ¡Estoy más pobre que un rata!” “¡Eso no puede ser! ¡Veré que se os pague algo de lo mucho que disteis a la Iglesia!”.

A Zacatecas
Así fue, el virrey Don Antonio María Bucareli le pagó 100 mil pesos a cambio de la magnífica custodia. Con esa suma, Don José fue a Zacatecas, encontrando una veta de oro ¡que lo hizo riquísimo otra vez! ¡Tal parecía que era cierto lo que decían que tenía pacto con el diablo!
Cuando tenia 79 años, regresó a Cuernavaca, con los suyos. Después de que su hijo, el sacerdote, le dio los últimos auxilios, falleció. Fui incinerado y sus cenizas colocadas en la catedral de Cuernavaca.  Legó 400 mil libras tornesas para escuelas de niños pobres, una cantidad para el convento donde estaba su hija Ana María, otra cantidad para su hijo y otra parte a su otra hija, que había enviudado y tenía pocos recursos.

El espectro se apareció
Pero un notario bandido falsificó firmas, fingió pagos de deudas inexistentes y sólo entregó una cantidad mínima a la hija. Una noche, cuando el bandido ya se había instalado en la casa de Borda, en Cuernavaca, se le apareció el espectro de Borda, que lo miraba con sus ojos grises, llenos de ira. El rufián, aterrorizado, gritó: “¡Perdón, Don José! ¡Os juro que devolveré todo a vuestra hija!”, y luego azotó, desmayado. Al día siguiente, el notario devolvió todo a la hija y luego confesó públicamente sus sinvergüenzadas. Manuel, el sacerdote, con el legado, construyó en la casa de Borda, el jardín que hoy conocemos, en memoria de su padre. Este jardín, después tuvo varios dueños, hasta que el gobierno lo adquirió para que disfrutaran de él todos los mexicanos.


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